jueves, 9 de julio de 2020

Lazarillo de Tormes: Tratado Primero: Cuenta Lázaro su vida, y cúyo hijo fue

   Pues sepa Vuestra Merced,  ante todas cosas,  que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre; y fue desta manera: mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una aceña, que está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años; y,  estando mi madre una noche en la aceña, preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí: de manera que con verdad me puedo decir nacido en el río.

   Pues,  siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi padre ciertas sangrías mal hechas en los costales de los que allí a moler venían, por lo que fue preso, y confesó y no negó,  y padeció persecución por justicia. Espero en Dios que está en la Gloria, pues el Evangelio los llama bienaventurados.

   En este tiempo, se hizo cierta armada contra moros, entre los cuales fue mi padre (que a la sazón estaba desterrado por el desastre ya dicho), con cargo de acemilero de un caballero que allá fue; y con su señor, como leal criado, feneció su vida.

   Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese, determinó arrimarse a los buenos por ser uno dellos; y vínose a vivir a la ciudad, y alquiló una casilla, y metióse a guisar de comer a ciertos estudiantes, y lavaba la ropa a ciertos mozos de caballos del Comendador de la Magdalena, de manera que fue frecuentando las caballerizas.

   Ella y un hombre moreno, de aquellos que las bestias curaban, vinieron en conocimiento. Éste algunas veces se venía a nuestra casa y se iba a la mañana; otras veces, de día llegaba a la puerta, en achaque de comprar huevos, y entrábase en casa. Yo, al principio de su entrada, pesábame con él y habíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas,de que vi que con su venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne, y en el invierno leños, a que nos calentábamos.

   De manera que, continuando con la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba y ayudaba a calentar. Y acuérdome que, estando el negro de mi padrastro trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre y a mí blancos, y a él no, huía dél con miedo para mi madre, y señalando con el dedo decía: “¡Madre, coco!”. Respondió él riendo: “¡Hideputa!”

   Yo, aunque bien mochacho, noté aquella palabra de mi hermanico, y dije entre mí “¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!”

   Quiso nuestra fortuna que la conversación del Zaide, que así se llamaba, llegó a oídos del mayordomo; y, hecha pesquisa, hallóse que la mitad por medio de la cebada que para las bestias le daban hurtaba; y salvados, leña, almohazas, mandiles, y las mantas y sábanas de los caballos hacía perdidas, y, cuando otra cosa no tenía, las bestias desherraba, y con todo esto acudía a mi madre para criar a mi hermanico. No nos maravillemos de un clérigo ni fraile, porque el uno hurta de los pobres y el otro de casa para sus devotas y para ayuda de otro tanto, cuando a un pobre esclavo el amor le animaba a esto.

   Y probósele cuanto digo y aun más, porque a mí con amenazas me preguntaban, y, como niño respondía y descubría cuanto sabía, con miedo: hasta ciertas herraduras que por mandado de mi madre a un herrero vendí. Al triste de mi padrastro azotaron y pringaron, y a mi madre pusieron pena por justicia, sobre el acostumbrado centenario, que en casa del sobredicho Comendador no entrase, ni al lastimado Zaide en la suya acogiese.

   Por no echar la soga tras el caldero, la triste se esforzó y cumplió la sentencia; y por evitar peligro y quitarse de malas lenguas, se fue a servir a los que al presente vivían en el mesón de la Solana; y allí, padeciendo mil importunidades, se acabó de criar mi hermanico hasta que supo andar, y a mí hasta ser buen mozuelo, que iba a los huéspedes por vino y candelas y por lo demás que me mandaban.

   En este tiempo, vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre, y ella me encomendó a él, diciéndole como era hijo de un buen hombre, el cual por ensalzar la fe había muerto en la de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano. Él le respondió que así lo haría, y que me recibía no por mozo, sino por hijo. Y así le comencé a servir y adestrar a mi nuevo y viejo amo.

   Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi amo que no era la ganancia a su contento, determinó irse de allí; y cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y ambos llorando, me dio su bendición y dijo:

   -Hijo, ya sé que no te veré más. Procura ser bueno, y Dios te guíe. Criado te he y con buen amo te he puesto; válete por tí.

   Y ansí me fui para mi amo, que esperándome estaba.

   Salimos de Salamanca, y,  llegando a la puente, está a la entrada della un animal de piedra, que casi tiene forma de tor, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y, allí puesto, me dijo:

   -Lázaro, llega el oído a este toro, y oirás gran ruido dentro de él.

   Yo, simplemente, llegué, creyendo ser ansí; y, como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y dióme una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome:

   -Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo.

   Y rió mucho la burla.

   Parescióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño, dormido estaba. Dije entre mí: “Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer.”

   Comenzamos nuestro camino, y en muy pocos días me mostró jerigonza, y como me viese de buen ingenio, holgábase mucho, y dicía:

   -Yo oro ni plata no te lo puedo dar, mas avisos para vivir muchos te mostraré.

    Y fue ansi, que después de Dios, éste me dio la vida, y, siendo ciego, me alumbró y adestró en la carrera de vivir.

    Huelgo de contar a Vuestra Merced estas niñerías para mostrar cuanta virtud sea saber los hombres subir siendo bajos, y dejarse bajar siendo altos, cuánto vicio.

   Pues, tornando al bueno de mi ciego y contando sus cosas, Vuestra Merced sepa que desde que, Dios crió el mundo, ninguno formó más astuto ni sagaz. En su oficio era un águila: ciento y tantas oraciones sabía de coro; un tono bajo, reposado y muy sonable que hacía resonar la iglesia donde rezaba; un rostro humilde y devoto, que con muy buen continente ponía cuando rezaba, sin hacer gestos ni visajes con boca ni ojos, como otros suelen hacer. Allende desto, tenía otras mil formas y maneras para sacar el dinero. Decía saber oraciones para muchos y diversos efectos: para mujeres que no parién, para las que estaban de parto; para las que eran malcasadas, que sus maridos las quisiesen bien. Echaba pronósticos a las preñadas: si traía hijo o hija. Pues, en caso de medicina, decía que Galeno no supo la mitad que él para muela, desmayos, males de madre. Finalmente, nadie le decía padecer alguna pasión, que luego no le decía: “Haced esto, haréis estotro, cosed tal yerba, tomad tal raíz.” Con esto, andábase todo el mundo tras él, especialmente mujeres, que cuanto les decían creían. Déstas sacaba él grandes provechos con las artes que digo, y ganaba más en un mes que cien ciegos en un año.

   Mas también quiero que sepa Vuestra Merced que, con todo lo que adquiría y tenía, jamás tan avariento ni mezquino hombre no vi; tanto que me mataba a mí de hambre, y así, no me demediaba de lo necesario. Digo verdad: si con mi sotileza y buenas mañas no me supiera remediar, muchas veces me finara de hambre; mas con todo su saber y aviso le contaminaba de tal suerte que siempre, o las más veces, me cabía lo más y mejor. Para esto, le hacía burlas endiabladas, de las cuales contaré algunas, aunque no todas a mi salvo.

   Él traía el pan y todas las otras cosas en un fardel de lienzo, que por la boca se cerraba con una argolla de hierro y su candado y su llave, y al meter de todas las cosas y sacallas, era con tan gran vigilancia y tan por contadero, que no bastara todo el mundo hacerle menos una migaja. Mas yo tomaba aquella lacería que él me daba, la cual en menos de dos bocados era despachada. Después que cerraba el candado y se descuidaba pensando que yo estaba  entendiendo en otras cosas, por un poco de costura, que muchas veces del un lado del fardel descosía y tornaba a coser, sangraba el avariento fardel, sacando no por tasa pan, mas buenos pedazos, torreznos y longaniza. Y ansí buscaba conveniente tiempo para rehacer, no la chaza, sino la endiablada falta que el mal ciego me faltaba.

   Todo lo que podía sisar y hurtar, traía en medias blancas; y cuando le mandaban rezar y le daban blancas, como él carecía de vista, no había el que se la daba amagado con ella, cuando yo la tenía lanzada en la boca y la media aparejada, que por presto que él echaba la mano, ya iba de mi cambio aniquilada en la mitad del justo precio. Quejábaseme el mal ciego, porque al tiento luego conocía y sentía que no era blanca entera, y decía:

   -¿Qué diablo es esto, que después que conmigo estás no me dan sino medias blancas, y de antes una blanca y un maravedí hartas veces me pagaban? ¡En ti debe estar esta desdicha!

   También él abreviaba el rezar y la mitad de la oración no acababa, porque me tenía mandado que, en yéndose el que la mandaba rezar, le tirase por el cabo del capuz. Yo así lo hacía. Luego él tornaba a dar voces, diciendo: “¿Mandan rezar tal y tal oración?”, como suelen decir.

   Usaba poner cabe sí un jarrillo de vino cuando comíamos; y yo muy de presto, le asía y daba un par de besos callados y tornábale a su lugar. Mas turóme poco, que en los tragos conocía la falta, y, por reservar su vino a salvo, nunca después desamparaba el jarro, antes lo tenía por el asa asido. Mas no había piedra imán que así trajese a sí como yo con una paja larga de centeno, que para aquel menester tenía hecha, la cual metiéndola en la boca del jarro, chupando el vino, lo dejaba a buenas noches. Mas, como fuese el traidor tan astuto, pienso que me sintió; y dende en adelante, mudó propósito, y asentaba su jarro entre las piernas, y atapábale con la mano, y ansí bebía seguro.

   Yo, como estaba hecho al vino, moría por él; y viendo que aquel remedio de la paja no me aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sotil, y delicadamente, con una muy delgada tortilla de cera, taparlo; y al tiempo de comer, fingiendo haber frío, entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos; y al calor della luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destilarme en la boca, la cual yo de tal manera ponía que maldita la gota se perdía. Cuando el pobreto iba a beber, no hallaba nada. Espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo que podía ser.

   -No diréis, tío, que os lo bebo yo -decía-, pues no le quitáis de la mano.

   Tantas vueltas y tiento dio al jarro, que halló la fuente y cayó en la burla; mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido. Y luego otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando en el daño que me estaba aparejado ni que el mal ciego me sentía, sentéme como solía. Estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso licor, sintió el desesperado ciego que agora tenía tiempo de tomar de mí venganza y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, le dejó caer sobre mi boca, ayudándose, como digo, con todo su poder, de manera que el pobre Lázaro, que de nada desto se guardaba, antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con todo lo que en él hay, me había caído encima. Fue tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan grande, que los pedazos dél se me metieron por la cara, rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes, sin los cuales hasta hoy día me quedé.

   Desde aquella hora quise mal al mal ciego; y aunque me quería y regalaba y me curaba, bien vi que se había holgado del cruel castigo. Lavóme con vino las roturas que con los pedazos del jarro me había hecho, y sonriéndose decía:

   -¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud.

   Y otros donaires, que a mi gusto no lo eran.

   Ya que estuve medio bueno de mi negra trepa y cardenales, considerando que a pocos golpes tales el cruel ciego ahorraría de mí, quise yo ahorrar dél; mas no lo hice tan presto, por hacello más a mi salvo y provecho. Y aunque yo quisiera asentar mi corazón y perdonalle el jarrazo, no daba lugar el maltratamiento que el mal ciego desde allí adelante me hacía: que sin causa ni razón me hería, dándome coxcorrones y repelándome. Y si alguno le decía por qué me trataba tan mal, luego contaba el cuento del jarro, diciendo:

   -¿Pensaréis que este mi mozo es algún inocente? Pues oíd si el demonio ensayara otra tal hazaña.

   Santiguándose los que lo oían, decían:

   -¡Mirá, quién pensara de un mochacho tan pequeño tal ruindad!

   Y reían mucho el artificio, y decíanle:

   -Castigaldo, castigaldo, que de Dios lo habréis.

   Y él con aquello nunca otra cosa hacía.

   Y, en esto, yo siempre le llevaba por los peores caminos, y adrede, por le hacer mal y daño, si había piedras, por ellas, si lodo, por lo más alto; que aunque yo no iba por lo más enjuto, holgábame a mí de quebrar un ojo por quebrar dos al que ninguno tenía. Con esto, siempre con el cabo alto del tiento me atentaba el colodrillo, el cual siempre traía lleno de tolondrones y pelado de sus manos; y,  aunque yo juraba no lo hacer con malicia, sino por no hallar mejor camino, no me aprovechaba ni me creía, mas tal era el sentido y el grandísimo entendimiento del traidor.

   Y, porque vea Vuestra Merced a cuánto se estendía el ingenio deste astuto ciego, contaré un caso de muchos que con él me acaecieron, en el cual me parece dio bien a entender su gran astucia. Cuando salimos de Salamanca, su motivo fue venir a tierra de Toledo, porque decía ser la gente más rica, aunque no muy limosner, arrimábase a este refrán: “Más da el duro que el desnudo.” Y venimos a este  camino por los mejores lugares. Donde hallaba buena acogida y ganancia, deteníamonos; donde no, a tercero día hacíamos San Juan.

   Acaeció que, llegando a un lugar que llaman Almorox, al tiempo que cogían las uvas, un vendimiador le dio un racimo dellas en limosna. Y, como suelen ir los cestos maltratados, y también porque la uva en aquel tiempo está muy madura, desgranábasele el racimo en la mano; para echarlo en el fardel tornábase mosto, y lo que a él se llegaba. Acordó de hacer un banquete, ansí por no lo poder llevar como por contentarme, que aquel día me había dado muchos rodillazos y golpes. Sentámonos en un valladar y dijo:

   -Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos este racimo de uvas, y que hayas dél tanta parte como yo. Partillo hemos desta manera: tú picarás una vez y yo otra; con tal que me prometas no tomar cada vez más de una uva. Yo haré lo mesmo hasta que lo acabemos, y desta suerte no habrá engaño.

   Hecho ansí el concierto, comenzamos; mas, luego al segundo lance; el traidor mudó de propósito y comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debría hacer lo mismo. Como vi que el quebraba la postura, no me contenté ir a la par con él, mas aun pasaba adelante: dos a dos, y tres a tres, y como podía las comía. Acabado el racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano y, meneando la cabeza, dijo:

   -Lázaro, engañado me has. Juraré yo a Dios que has tu comido las uvas tres a tres.

   -No comí -dije yo-; mas ¿por qué sospecháis eso?

    Respondió el sagacísimo ciego:

   -¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y callabas.

    Reíme entre mí, y, aunque mochacho noté mucho la discreta consideración del ciego.

   Mas, por no ser prolijo, dejo de contar muchas cosas, así graciosas como de notar, que con este mi primer amo me acaecieron, y quiero decir el despidiente y, con él, acabar.

   Estábamos en Escalona, villa del duque della, en un mesón, y dióme un pedazo de longaniza que la asase. Ya que la longaniza había pringado y comídose las pringadas, sacó un maravedí de la bolsa y mandó que fuese por el de vino a la taberna. Púsome el demonio el aparejo delante los ojos, el cual, como suelen decir, hace al ladrón, y fue que había cabe el fuego un nabo pequeño, larguillo y ruinoso, y tal que, por no ser para la olla, debió ser echado allí. Y, como al presente nadie estuviese, sino él y yo solos, como me vi con apetito goloso, habiéndome puesto dentro el sabroso olor de la longaniza (del cual solamente sabía que había de gozar) no mirando qué me podría suceder, pospuesto todo el temor por cumplir con el deseo, en tanto que el ciego sacaba de la bolsa el dinero, saqué la longaniza y muy presto metí el sobredicho nabo en el asador; el cual, mi amo, dándome el dinero para el vino, tomó y comenzó a dar vueltas al fuego, queriendo asar al que de ser cocido, por sus deméritos, había escapado.

    Yo fui por el vino, con el cual no tardé en despachar la longaniza, y cuando vine, hallé al pecador del ciego que tenía entre dos rebanadas apretado el nabo, al cual aún no había conocido por no lo haber tentado con la mano. Como tomase las rebanadas y mordiese en ellas pensando también llevar parte de la longaniza, hallóse en frío con el frío nabo; alteróse y dijo:

   -¿Qué es esto, Lazarillo?

   -¡Lacerado de mí! -dije yo-. ¿Si queréis a mí echar algo? ¿Yo no vengo de traer el vino? Alguno estaba ahí, y por burlar haría esto.

   -No, no -dijo él-, que yo no he dejado el asador de la mano; no es posible.

   Yo torné a jurar y perjurar que estaba libre de aquel trueco y cambio; mas poco me aprovechó, pues a las astucias del maldito ciego nada se le escondía. Levantóse y  asióme por la cabeza, y llegóse a olerme; y como debió sentir el huelgo, a uso de buen podenco, por mejor satisfacerse de la verdad, y con la gran agonía que llevaba, asiéndome con las manos, abríame la boca más de su derecho y desatentadamente metía la nariz, la cual él tenía luenga y afilada, y a aquella sazón, con el enojo, se había aumentado un palmo, con el pico de la cual me llegó a la gulilla. Con esto, y con el gran miedo que tenía, y con la brevedad del tiempo, la negra longaniza aún no había hecho asiento en el estómago; y lo más principal, con el destiento de la cumplidísima nariz, medio cuasi ahogándome. Todas estas cosas se juntaron, y fueron causa que el hecho y golosina se manifestase y lo suyo fuese vuelto a su dueño. De manera que antes que el mal ciego sacase de mi boca su trompa, tal alteración sintió mi estómago que le dio con el hurto en ella, de suerte que su nariz y la negra mal maxcada longaniza a un tiempo salieron de mi boca.

   ¡Oh, gran Dios, quien estuviera aquella hora sepultado, que muerto ya lo estaba! Fue tal el coraje del perverso ciego que, si al ruido no acudieran, pienso no me dejara con la vida. Sacáronme dentre sus manos, dejándoselas llenas de aquellos pocos cabellos que tenía, arañada la cara y rascuñado el pescuezo y la garganta; y esto bien lo merecía, pues por su maldad me venían tantas persecuciones.

   Contaba el mal ciego a todos cuantos allí se allegaban mis desastres, y dábales cuenta una y otra vez, así de la del jarro como de la del racimo, y agora de lo presente. Era la risa de todos tan grande, que toda la gente que por la calle pasaba entraba a ver la fiesta; mas con tanta gracia y donaire contaba el ciego mis hazañas, que, aunque yo estaba tan maltratado y llorando, me parecía que hacía sinjusticia en no se las reír.

   Y, en cuanto esto pasaba, a la memoria me vino una cobardía y flojedad que hice, por que me maldecía, y fue no dejalle sin narices, pues tan buen tiempo tuve para ello, que la mitad del camino estaba andado; que, con solo apretar los dientes, se me quedaran en casa, y, con ser de aquel malvado, por ventura lo retuviera mejor mi estómago que retuvo la longaniza, y, no pareciendo ellas, pudiera negar la demanda. Pluguiera a Dios que lo hubiera hecho, que eso fuera así que así.

   Hiciéronnos amigos la mesonera y los que allí estaban, y, con el vino que para beber le había traído, laváronme la cara y la garganta. Sobre lo cual discantaba el mal ciego donaires, diciendo:

   -Por verdad, más vino me gasta este mozo en lavatorios al cabo del año que yo bebo en dos. A lo menos, Lázaro, eres en más cargo al vino que a tu padre, porque él una vez te engendró, mas el vino mil te ha dado la vida.

   Y luego contaba cuántas veces me había descalabrado y arpado la cara, y con vino luego sanaba.

   -Yo te digo -dijo- que si un hombre en el mundo ha de ser bienaventurado con vino, que serás tú.

   Y reían mucho, los que me lavaban con esto, aunque yo renegaba. Mas el pronóstico del ciego no salió mentiroso, y después acá muchas veces me acuerdo  de aquel hombre, que sin duda debía tener espíritu de profecía;y me pesa de los sinsabores que le hice, aunque bien se lo pagué, considerando lo que aquel día me dijo salirme tan verdadero como adelante Vuestra Merced oirá.

   Visto esto y las malas burlas que el ciego burlaba de mí, determiné de todo en todo dejalle; y, como lo traía pensado y lo tenía en voluntad, con este postrer juego que me hizo afirmélo más. Y fue ansí, que luego otro día salimos por la villa a pedir limosna, y había llovido mucho la noche antes; y porque el día también llovía, y andaba rezando debajo de unos portales que en aquel pueblo había, donde no nos mojamos; mas, como la noche se venía y el llover no cesaba, díjome el ciego:

   -Lázaro, esta agua es muy porfiada, y cuanto la noche más cierra, más recia, acojámonos a la posada con tiempo.

    Para ir allá, habíamos de pasar un arroyo que con la mucha agua iba grande. Yo le dije:

   -Tío, el arroyo va muy ancho; mas, si queréis, yo veo por donde travesemos más aína sin nos mojar, porque se estrecha allí mucho, y saltando pasaremos a pie enjuto.

   Parecióle buen consejo, y dijo:

   -Discreto eres; por esto te quiero bien. Llévame a ese lugar donde el arroyo se ensangosta, que agora es invierno y sabe mal el agua, y más llevar los pies mojados.

    Yo, que vi el aparejo a mi deseo, saquéle debajo de los portales, y llevélo derecho de un pilar o poste de piedra que en la plaza estaba, sobre el cual y sobre otros cargaban saledizos de aquellas casas, y díjele:

   -Tío, este es el paso más angosto que en el arroyo hay.

   Como llovía recio, y el triste se mojaba, y con la priesa que llevábamos de salir del agua, que encima de nos caía, y lo más principal, porque Dios le cegó aquella hora el entendimiento (fue por darme dél venganza), creyóse de mí y dijo:

   -Ponme bien derecho, y salta tú el arroyo.

   Yo le puse bien derecho enfrente del pilar, y doy un salto y póngome detrás del poste, como quien espera tope de toro, y díjele:

   -¡Sús! Saltá todo lo que podáis, porque deis deste cabo del agua.

   Aun apenas lo había acabado de decir,cuando se abalanza el pobre ciego como cabrón, y de toda su fuerza arremete, tomando un paso atrás de la corrida para hacer mayor salto, y da con la cabeza en el poste, que sonó tan recio como si diera con una gran calabaza, y cayó luego para atrás, medio muerto y hendida la cabeza.

   -¿Cómo, y olistes la longaniza y no el poste?  ¡Olé!  ¡Olé! -le dije yo.

   Y déjole en poder de mucha gente que lo había ido a socorrer, y tomé la puerta de la villa en los pies de un trote, y antes que la noche viniese, di conmigo en Torrijos. No supe más lo que Dios dél hizo, ni curé de lo saber.


lunes, 29 de junio de 2020

Armado análisis de "Amor constante más allá de la muerte"

El análisis debe considerar y constar de los siguientes elementos:

1-Localización
-Autor
-Época y período literarios de la obra
2-Aspectos formales
-Tipo de texto
-Estructura externa
-Estructura interna
-Título
-Tema
3-Análisis del contenido

Análisis de "Amor constante más allá de la muerte"


   El soneto está escandido, es decir, se separó en sílabas para poder clasificar los versos de acuerdo a la cantidad de estos. Hay sílabas del final de la palabra unidas a las sílabas de comienzo de otras palabras, es porque hay una sinalefa. Una sinalefa se produce cuando una palabra termina en vocal y la siguiente palabra comienza en vocal, se consideran las sílabas final y de comienzo como una sola.
   Lo que está encerrado con un color son las terminaciones que se consideran para saber si hay rima o no; las terminaciones que terminan igual se les ponen al costado la misma letra.



Ce-rrar  po-drá  mis  o-jos  la  pos-tre-ra             A        
som-bra  que  me  lle-va-re__el  blan-co  dí-a,  B
y  po-drá  de-sa-tar  es-ta__al-ma  mí-a              B
ho-ra__a  su__a-fán  an-sio-so  li-son-je-ra;       A

Mas  no,  de__e-so-tra  par-te,__en  la  ri-be-ra, A
de-ja- la  me-mo-ria,__en  don-de__ar-dí-a:   B
na-dar  sa-be  mi  lla-ma  la__a-gua  frí-a,            B
y  per-der  el  res-pe-to__a  ley  se-ve-ra.              A

Al-ma__a  quien  to-do__un  Dios  pri-sión  ha  si-do, C
ve-nas  que__hu-mor  a  tan-to  fue-go__han  da-do, D
-du-las   que__ha n glo-rio-sa-men-te__ar-di-do,   C

su  cuer-po  de-ja-,  no  su  cui-da-do;            D
se-rán  ce-ni-za,  mas  ten-drá  sen-ti-do;         C
pol-vo  se-rán,  mas  pol-vo__e-na-mo-ra-do.  D



   Se trata de un soneto, formado por catorce versos endecasílabos (11 sílabas), agrupados en dos cuartetos y dos tercetos, cuyo esquema métrico es ABBA ABBA CDC DCD. Su rima es consonante.
   El soneto es un poema estrófico de procedencia italiana que fue traído a España inicialmente por el Marqués de Santillana en su obra “Sonetos” hechos al itálico modo, sin demasiado éxito. Serían los poetas renacentistas Boscán y Garcilaso quienes finalmente consiguieron aclimatar el soneto a las características del castellano.



   El tema del poema
   El poema se clasifica dentro de la producción lírica amorosa de Quevedo y en él se argumenta la posibilidad de que el amor supere la muerte. El poema tiene, pues, como tema la supremacía del amor sobre la muerte. El autor, partiendo de la idea de la inevitable llegada de la muerte, muestra la convicción de que su alma, por haber amado, será inmortal y el amor perdurará eternamente.

   Estructura del poema
   Los sonetos son poemas fuertemente estructurados debido a su distribución estrófica: dos cuartetos y dos tercetos. En este poema, pueden diferenciarse dos partes que coinciden la primera con los dos cuartetos y la segunda con los dos tercetos.
   En la primera parte (vv. 1-8), aparece el planteamiento inicial: la muerte llegará y su contraargumentación: el amor la superará.
   En la segunda parte (vv. 9-14) se enfatiza la idea principal contraponiendo vida y muerte y cerrando con una sentencia final que resume el tema: “polvo serán, mas polvo enamorado”.

   Tipo de título
   Es un título emblemático. Ya desde el título del poema se está adelantando el concepto o el tema sobre el cual se funda el poema. La destrucción del ser que trae la Muerte nada puede con el Amor, que persiste.

   Primer cuarteto
   El poema se inicia con un violento hipérbaton (figura retórica en la cual se altera la sintaxis, orden,  habitual de una oración) que ocupa los cuatro primeros versos. Ordenados según el orden lógico el texto quedaría así: “El blanco día la postrera sombra que me llevare podrá cerrar mis ojos y a hora lisonjera esta alma mía podrá desatar su afán ansioso”.
   Los primeros versos del primer cuarteto nos llevan a la condición por parte del yo lírico, del poeta, de un futuro en el que se ve la llegada de la muerte. Las palabras “Cerrar podrá”, indican la acción de la muerte, que se representa con las otras palabras: “postrera / sombra”, hay que decir que en todo el poema no se utiliza la palabra “muerte”, sino que se alude a esta por medio de metáforas.  Observemos que hay dos formas verbales que nos llaman de entrada la atención en el poema: “podrá cerrar” y “podrá desatar”, en ambas formas verbales se vuelve a la reafirmación de la característica destructora (irreversible) de la llegada de la Muerte, pero el poeta, al usar los verbos en tiempo futuro, parece aceptar lo inevitable de esa destrucción.
   Cuando el poeta afirma que la muerte cerrará sus ojos, se da a entender que eso significa el fin de la existencia o la ruptura del poeta con el mundo que lo rodea. Por eso la expresión “me llevare el blanco día”.     O sea que la muerte (la postrera sombra) le llevará la vida representada con las palabras “blanco día”.  Aquí hay una antítesis (confrontación de términos opuestos) entre dos metáforas: es decir, entre “postrera sombra” (la muerte) y “blanco día” (la vida).
   En los dos últimos versos del cuarteto se alude a que la muerte desata el alma del cuerpo y la desliga de él. El alma se vuelve entonces “lisonjera”  para el yo lírico porque busca perpetuar, proseguir con ese “afán ansioso”, que es el amor.

   Segundo cuarteto
   Como hay que decir que el paso de la muerte implica una angustia en quien se expresa (y ese es el tema del poema), pues no permite el fin de la vida que uno pueda continuar con la persona amada, surge de esta manera en el segundo cuarteto un sentimiento de rebelión del poeta contra la muerte, a la que se denomina como “ley severa” en el último verso de este cuarteto. Por lo tanto se puede afirmar que entre este cuarteto y el anterior existe una relación de antítesis, propia del movimiento barroco al que pertenecía el arte de Quevedo.
   El yo lírico imagina posteriormente un acontecimiento que se dará con su muerte: llegará un momento en que estará en “mas no de esotra parte en la ribera” (en la otra orilla de un río) y que allí su memoria no quedará solamente con la persona querida “dejará la memoria en donde ardía” (el “ardía” hace clara alusión a cómo es la pasión del poeta por su ser amado), es decir que al cruzar el río no olvidará el amor pasado. Aquí hay una referencia culta por parte de Quevedo a un río de la mitología clásica: el río Leteo. Se afirmaba que quienes cruzaban este río o bebían sus aguas caían en el olvido. El amor es para el poeta entonces algo tan poderoso que recordará a quien ama más allá de lo desconocido. En el tercer verso se habla de “nadar”, verbo que representa la lucha ante lo oscuro del destino. En “nadar sabe mi llama la agua fría”, la “llama” representa el amor, que no va a poder ser vencido por la muerte, nuevamente representada mediante otra metáfora: “la agua fría” (aquí hay nuevamente un juego de contrastes, de antítesis). Esta idea, la de la rebelión del poeta ante la muerte, se refuerza en el verso final del cuarteto con las palabras: “y perder el respeto a ley severa”; la frase “ley severa” es una nueva alusión a la muerte.


   Tercetos
   Los tercetos van a mostrar condensación temática de ambos planos mediante una elaborada estructura que muestra la victoria final del amor sobre la muerte. Cada uno de los versos del primer terceto se relaciona semántica y sintácticamente con los versos del segundo terceto: el 1º con el 4º; el 2º con el 5º y el 3º con el 6º, de modo que han de interpretarse así:
   “Alma a quien todo un dios prisión ha sido / su cuerpo dejará, no su cuidado”
   “venas que humor a tanto fuego han dado/ serán ceniza, mas tendrán sentido”
   “medulas que han gloriosamente ardido / polvo serán, mas polvo enamorado.”
   De este modo, se produce una gradación, el alma abandonará el cuerpo, pero no abandonará el amor; el cuerpo representado en las venas por las que corre la sangre y las médulas del interior de los huesos será consumido por la muerte, pero incluso los últimos vestigios del cuerpo seguirán enamorados.

   Primer terceto
   En el primer terceto se enumeran al inicio de cada uno de los tres versos tres elementos cuya función soporta, permite la vida: “Alma”, “venas”, “médulas”. Posteriormente se complementan esos elementos con el destino que tiene cada uno. El alma ha sido la prisión de un “dios poderoso”, es dios no es otro que el sentimiento del amor, que encuentra su lugar en el alma humana. Hay que agregar que el alma es un elemento que se nombra comúnmente en la poesía tradicional, pero a continuación Quevedo hace mención de dos elementos que están relacionado con lo físico del ser humano: las venas y las médulas. Aquí hay una intención clara de manifestar que en el amor no sólo lo espiritual se ve comprometido, sino también lo físico, lo corporal. Tanto las “venas” como las “médulas” son relacionadas con el arder, con el fuego, y la sensación del poeta por esas venas y médulas que han ardido no es de pena, sino todo lo contrario; el “gloriosamente” nos da la pauta de que se siente satisfecho, porque ese ardor viene del amor.

   Segundo terceto
   Lo manifestado en el terceto anterior prepara la exaltación del poeta en el último terceto, que tradicionalmente se ha utilizado como la conclusión del tema de todo el soneto. La capacidad destructora de la muerte por lo tanto no podrá llegar a las últimas consecuencias; de allí el uso adecuado de las frases adversativas con “mas” (equivalente de “pero”): “serán ceniza, mas tendrán sentido; / polvo serán, mas polvo enamorado.”




jueves, 11 de junio de 2020

Francisco de Quevedo

   Nació en Madrid en el año 1580. Desde pequeño vivió en palacio, lo cual le permitió conocer los entretelones de la corte. Se dedicó a la política. Como consecuencia de sus actividades políticas en Nápoles, sufrió destierro. Más tarde se ganó la amistad del conde-duque de Olivares y llegó a ser nombrado poeta secretario de Felipe IV. Sin embargo, por motivos mal conocidos, fue encarcelado y permaneció cinco años en prisión. Murió en Villanueva de los Infantes (Ciudad Real) el año 1645.
   Quevedo es autor de una obra abundante e importante, tanto en prosa como en verso. Cultivó los más diversos géneros literarios: poesía lírica, prosa doctrinal, novela picaresca, teatro.

Obras en prosa
   Comprende obras festivas, satíricas, filosóficas, políticas. Entre todas ellas se destacan: Los Sueños –su obra satírica más representativa– y la Historia del buscón llamado don Pablos –su obra más conocida, que suele clasificarse como novela picaresca, aunque Quevedo es poco respetuoso con el esquema creado por Mateo Alemán y su antecedente anónimo, el Lazarillo.

Obras en verso
   Es también muy extensa como lo es su obra en prosa. Incluso en sus obras en verso se aprecian idénticos contrastes: junto a la poesía moral, religiosa, política o amatoria, encontramos composiciones en las que dominan la burla, la sátira y hasta la ofensa personal. Especial interés tienen sus composiciones filosófico-morales y sus poemas amatorios.
   Frente a esta poesía seria se levanta el Quevedo satírico-burlesco que ridiculiza a los alquimistas, usureros y gobernantes, se burla de Góngora y de sus seguidores, degrada el mundo mitológico del Renacimiento y el mundo caballeresco medieval o satiriza los defectos de la sociedad de su época.
   Su obra en verso fue publicada después de su muerte con el título de El Parnaso español (1648) y Las tres últimas musas (1670). Pueden dividirse en dos sectores:
   1. Poesías de tono grave y severa intención doctrinal –sobre temas ascéticos o políticos; y
   2. Poesías concebidas como puro juego literario –sobre temas amorosos o burlescos.
   1. Las composiciones de asunto ascético cuentan –con las de tema político– entre lo mejor de su producción en verso. Las primeras giran en torno a los motivos capitales de la moral barroca: desprecio de las vanidades, fugacidad de lo terreno, caducidad de los bienes de Fortuna.
   L as poesías de asunto político, en las que la advertencia moral se une a veces a la sátira, revelan la dolorosa conciencia de Quevedo respecto a la decadencia material y espiritual de España.
   2. Las composiciones amorosas son totalmente distintas. Si en las anteriores se trataba de hondas reflexiones expuestas en un estilo sobrio y austero, aquí casi todo se reduce a un mero aunque bello juego poético, en el que el lenguaje ofrece toda la refinada gracia metafórica de la lírica gongorina.
   Hay, sin embargo, en este sector, algo más que bellas y rebuscadas galanterías. Quedan, en efecto, ciertos sonetos en los que la emoción amorosa –sentida como puro e intenso anhelo espiritual– se halla expresada con una apasionada gravedad.
   Las poesías satírico-burlescas aluden a una serie de motivos que van desde lo más grave a lo más nimio. Las formas métricas preferidas son los versos cortos –en romances, letrillas, jácaras– aunque no faltan los endecasílabos. Todos los recursos del estilo conceptista más extremado –chistes, juegos de palabras, antítesis– hallan su representación en muchas de estas composiciones en las que la realidad aparece deformada hasta la caricatura y donde el autor llega a veces a lo francamente procaz. Quevedo aparece aquí como el poeta más audaz del conceptismo.

ESTILO
   Quevedo sabe extraer de la lengua todas sus posibilidades expresivas. No recurre, como Góngora, a crear un lenguaje estrictamente poético, sino que trabaja con los distintos niveles de la lengua habitual. Quevedo maneja el lenguaje de germanía o lunfardo y los vulgarismos más procaces tanto como la expresión culta y equilibrada.
   Por lo demás, Quevedo emplea la antítesis, las hipérboles, los equívocos y los juegos de palabras, siembre buscando la condensación expresiva propia del conceptismo.
   En conjunto, la poesía de Quevedo presenta los típicos contrastes del arte barroco: elevación de tono en los poemas ascéticos y políticos, y escarceo intrascendente en los amorosos y burlescos; idealización de la belleza femenina en los amorosos y grotesca deformación en los de tipo satírico… Los labios de una dama serán, alternativamente, puerta de rubíes jeta comedora; los dientes, perlas colmillos comidos a gorgojos; la risa, relámpagos de púrpura gorjeos de quijadas bisabuelas…

Material enteramente tomado de los siguientes textos:
Historia de la Literatura Española, de J. García López, editorial vicens-vives.
Literatura Española, de José Mas et al., editorial Santillana

jueves, 4 de junio de 2020

Actividad a partir de "Amor constante más allá de la muerte"


I. VOCABULARIO
1. Une cada palabra con su definición:

a) Postrero                                             1. Antiguamente, cualquiera de los líquidos del cuerpo.
b) Desatar                                              2. Margen, orilla de un río.
c) Afán                                                   3. Sustancia blanda del interior de algunos huesos.
d) Lisonjero                                            4. Soltar lo que está atado
e) Ribera                                                5. Último en una lista o serie.
f) Humor                                                 6. Agradable o satisfactorio.
g) Médula                                               7. Empeño, deseo vehemente.


2. Completa estas frases con las palabras que fueron definidas más arriba.

1. El hombre moderno, en su ……………………de progreso, suele llevar una vida llena de estrés.
2. El niño se dirigió a sus padres en tono ………………..para que le dejasen ir al concierto.
 3. El menú …………………….del reo condenado a muerte fue hamburguesa y patatas fritas.
4. A causa del accidente se dañó la …………………………espinal, y ahora tiene que ir en silla de ruedas. 5. Hizo un nudo tan fuerte que fue imposible ………………….. las cuerdas y hubo que cortarlas.
6. Tras la lluvia, las ………………… del Guadalquivir quedaron cubiertas de cañas.

II. CONTENIDO
1. PRIMER CUARTETO
1. ¿A qué sustantivo acompaña el adjetivo “lisonjera”?

El hipérbaton es un recurso literario que consiste en alterar el orden lógico de los elementos de la oración.

Por ej. “Estaba lindo el día.” En lugar de “El día estaba lindo”.

2. Estos versos forman un hipérbaton. Reescribe el cuarteto siguiendo el orden lógico.
3. “Postrera sombra” y “blanco día” son metáforas de:

a) Oscuridad y luz
b) Noche y día
c) Muerte y vida

4. ¿Cuál es el tema de este primer cuarteto?
a) La muerte cierra los ojos del poeta
b) La hora de la muerte es agradable
c) La muerte separa el alma del cuerpo

2. SEGUNDO CUARTETO

Las referencias mitológicas son una constante en la poesía barroca. En este poema Quevedo recurre a la mitología griega. En estos versos hace referencia al Leteo, el río que cruzaban las almas de los muertos. En este viaje las almas debían olvidar todos los sentimientos y vivencias que tuvieron lugar mientras habían permanecido unidas al cuerpo.

1. ¿A qué crees se refiere el poeta cuando habla de “ley severa”?
2. El yo poético menciona “mi llama”, ¿de qué está hablando realmente?
3. ¿Qué trata de decirnos el poeta en estos versos?

3. TERCETOS
1. En primer verso del primer terceto se hace mención a un Dios. ¿De qué Dios se trata? Razona tu respuesta.
a) Apolo b) Dionisos c) Eros d) Eolo

2. Fíjate en los verbos del segundo terceto. ¿Cuáles son los sujetos de estos verbos?
• Dejará:………………………………………………………………………...
• Serán: …………………………………………………………………………
• Serán : ………………………………………………………………………...
3. Resume el contenido de los dos tercetos.

3. OPINIÓN PERSONAL
¿Cuál te parece que es el mensaje que intenta transmitir el autor? ¿Estás de acuerdo con lo que plantea? Fundamenta tu respuesta.

Amor constante más allá de la Muerte


Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;


mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.


Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,


su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.


Francisco de Quevedo